sábado, 9 de marzo de 2013

LA VOZ DE BARÍTONO EN LA ÓPERA

ENFERMEDADES WAGNERIANAS


Entre otras muchísimas cosas, la ciudad de Barcelona se caracteriza por ser la más “wagneriana” de toda España. En su magnífico “Liceu”, ahora renovado tras el último incendio, acogió un montón de óperas de diversos autores pero ha sido el primero del país en representar las obras del teutón Ricardo Wagner.

Según cuenta Roger Alier, esta acogida tan calurosa de la música alemana, provocó asimismo una reacción contraria al género, sobrevenida por los espectadores adictos a la ópera italiana en general, metidos en una cruzada para “combatir el mal”, que se estaba imponiendo.

Un buen día, parece ser que apareció por la ciudad. un caso verdaderamente curioso. Era un panfleto de 1894, “destinado a desacreditar de forma jocosa el movimiento wagneriano”. Los orígenes del texto provenían de otro similar editado en Francia. Pero el traductor español añadió al final del escrito algunos comentarios titulados: “De las enfermedades wagnerianas, de su tratamiento y de su curación. Obra histórica, filosófica, médica, y benéfica, escrita en francés, por el señor Dr. Cuniculus, y traducida al castellano y anotada por el Dr. Lapin, autor de la alocución que le precede y de la coda que le sigue”.

La descripción de las enfermedades wagnerianas, no tiene desperdicio:
  • “El mal wagneriano o mal alemán (malus germanicus), nació en Alemania hace unos cuarenta años [….]
  • Sábese que las enfermedades wagnerianas, reconocen por causa el abuso del licor tóxico inventado por Ricardo Wagner y conocido vulgarmente con el nombre de Wagneriana… […]
  • Cierto que los primeros frascos de Wagneriana importados en Francia con las etiquetas de “Tanhäuser” y “Lohengrin”, eran relativamente inofensivos y que, sin gran peligro, podía hacerse de ellos un consumo diario.
  • Pero poco después vinieron sucesivamente el elixir “Tetralógico”, las cápsulas opiadas de “Tristán” y
  • Por fin, el más terrible de todos esos venenos, la “Parsifalina”, de la cual bastan algunas gotas para desconcentrar los cerebros mejor equilibrados”.

 Luego seguía el autor describiendo las distintas enfermedades que provocaba el contacto con la “Wagneriana”:
  1. La Wagneriola, variedad más benigna, de remedio sencillo: “Un emplasto de Mozart, aplicado sobre el estómago, basta para conjurar el mal”:
  2. La Wagneriomanía, tampoco muy grave pero había que tener cuidado porque podía degenerar en
  3. Wagneralgia crónica con síntomas violentos, que aumentan con el tiempo. Contra este mal, el remedio consistía en “baños de sonidos constantes, el jarabe de acordes perfectos y el agua pura de melodía, además, de cataplasmas emolientes de harina de Massenet sobre el abdomen.
  4. Cuando el enfermo está casi curado, se le sujeta al régimen de los macarrones Rossini, de las sopas de Meyerbeer, además de fricciones con el bálsamo de Bach o de Händel.
  5. Se recomienda en casos graves, inyecciones hipodérmicas con el clorato de Offenbach, y si por este medio se consigue provocar la risa, el enfermo está salvado”.
  6. La Wagneritis, sobre todo en el estado agudo, resiste todos los tratamientos. El abuso diario del elixir “Tetralógico”, de las pastillas de “Tristan” y de la “Parsifalina”, produce fatalmente la locura furiosa, contra la cual, no existen más recursos extremos, que las duchas heladas y la camisa de fuerza”.
  7. El wagneriano aquejado de este mal “llega a no poder más que decir una palabra: Wagner, Wagner, Wagner”. La muerte artística a corto plazo es consecuencia de este estado patológico.

 El análisis químico de la Wagneriana, da como resultado sus componentes:
  • Bicarbonato de Leitmotiv
  • Acetato de Disonancia
  • Partículas infinitesimales de Melodía
  • Una gran dosis de aceite esencial de Fastidio y
  • Una sustancia espesa, turbia e indigesta, que creemos ha de ser la Poesía germánica…..” 

       En las notas de la versión española, el autor asegura que“también los vinos de marca de compositores españoles, pueden servir como curación para los accesos de wagnneriana, pero ni una gota de Bretón”.
 (*) Redactado libremente del libro de Roger Alier titulado “Sotto Voce

viernes, 1 de marzo de 2013

¡QUE DIOS TE PARTA CON UN RAYO!

Giuseppe Verdi joven

Inauguro blog con una anécdota ocurrida “de chico” al operista italiano  Giuseppe Verdi. La relatan en todas sus biografías. Con ella se va a demostrar el fuerte temperamento del muchacho.

Los pocos testimonios que hay de Peppino en su infancia, le describen como taciturno, reservado y solitario. Este niño era, además, capaz de manifestar ataques terribles de ira por motivos de poca importancia. No olvidaba nunca a los que le ofendían. Esta anécdota la contó muchísimas veces el propio Verdi. Se regodeaba en ella por ser un cura quien la provocó. Así demostraba su anticlericalismo.

Total que un Verdi de siete años, estaba ayudando a misa con don Masini. El niño se distrajo por el sonido del órgano. No oyó al sacerdote cuando le pidió que le alcanzara la vinajera. El clérigo se cabreó y empujó con el pie al niño. Verdi perdió el equilibrio y se cayó del altar. Mortificado, el futuro compositor, le gritó al sacerdote “¡Que Dios te parta con un rayo!”. El asunto causó un gran escándalo en el pueblo.

Algunos años más tarde, durante un violento temporal, un rayo cayó sobre la iglesia del lugar. Mató a seis coristas y cuatro sacerdotes. Entre ellos estaba don Masini. Verdi se salvó porque llegó tarde a la parroquia. Años más tarde, contó que tras lo sucedido, había visto a: “Ese miserable sacerdote en el mismo lugar donde lo alcanzó el rayo. Estaba en actitud de aspirar rapé, con el pulgar todavía apretado contra la nariz, como si estuviese pegado a ella. Su rostro ennegrecido era aterrador